La cadena de transmisión, y no el fenómeno en sí mismo, es lo que deberíamos estar gestionando

Hay riesgos que llegan sin previo aviso. Otros, en cambio, nos envían señales con suficiente anticipación; sabemos que están allí, podemos observar su evolución y, aun así, no siempre logramos incorporarlos oportunamente en nuestras decisiones. El fenómeno de El Niño pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.

El pasado 3 de septiembre, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que el episodio de El Niño está firmemente establecido en el Pacífico tropical y que continuará intensificándose hasta alcanzar una intensidad muy fuerte, con su mayor intensidad prevista entre noviembre y diciembre. La OMM también estimó en cerca de un 100 % la probabilidad de que el fenómeno persista hasta febrero de 2027. Se trata, además, de una actualización particularmente contundente: según la propia organización, es la primera vez que una de sus actualizaciones sobre El Niño utiliza un nivel de certeza tan elevado.

Los datos ayudan a dimensionar lo que está ocurriendo. El índice Niño 3.4 promedió 1,5 °C por encima de lo normal entre mayo y julio; en julio alcanzó los 2 °C y, hacia mediados de agosto, registró valores semanales de entre 2,2 °C y 2,6 °C por encima del promedio. No estamos, por tanto, ante una señal lejana o incierta. La información está disponible, el fenómeno es observable y las proyecciones ofrecen un horizonte temporal que debería permitirnos anticiparnos.

La pregunta, entonces, no debería ser únicamente qué tan intenso será El Niño, sino qué tan preparados estamos para gestionar sus posibles efectos. Porque conocer con anticipación la amenaza solo tiene verdadero valor si esa información logra traducirse en decisiones oportunas, medidas preventivas y capacidad de respuesta.

El riesgo no se queda donde nace

Para quienes trabajamos en gestión de riesgos, esta distinción es fundamental. El Niño, por sí mismo, es un fenómeno climático. Sin embargo, sus efectos no permanecen en el ámbito climático: se trasladan con facilidad hacia otras categorías de riesgo y pueden desencadenar una verdadera cadena de impactos.

Una alteración sostenida en los patrones de lluvia y temperatura puede generar sequías, inundaciones o episodios de calor extremo. Estos, a su vez, pueden afectar la producción agrícola, la disponibilidad de agua, los precios de los alimentos, la generación eléctrica, el transporte y las cadenas de suministro.

Es ahí donde comienza la verdadera conversación sobre riesgos. Una interrupción en la cadena logística puede convertirse en un problema operativo; el deterioro de la operación puede afectar los resultados; una menor capacidad de pago puede traducirse en un mayor riesgo de crédito; el incremento de determinados precios puede generar presiones inflacionarias; y la afectación de sectores completos puede terminar teniendo implicaciones sobre el empleo, el consumo y la actividad económica.

En otras palabras, el riesgo no permanece en la categoría donde se origina. Se propaga, se conecta con otros riesgos y puede amplificar sus efectos. Precisamente por eso, los “riesgos emergentes” representan un desafío particular para las organizaciones: las relaciones entre los riesgos pueden llegar a ser tan importantes como cada riesgo considerado de manera aislada.

El caso dominicano: el mapa de riesgos se invierte

Aquí conviene bajar el análisis a nuestro territorio, porque el efecto de El Niño sobre la República Dominicana no es necesariamente el mismo que en otras regiones del mundo, ni coincide con el escenario que intuitivamente podríamos esperar.

El Instituto Dominicano de Meteorología (INDOMET) ha señalado que, históricamente, El Niño se asocia en la República Dominicana con una reducción de las precipitaciones, un mayor riesgo de sequía meteorológica y temperaturas más elevadas. Desde mayo, además, había proyectado una transición hacia condiciones de déficit pluviométrico durante el segundo semestre de 2026, con la consiguiente presión sobre las reservas hídricas. La actualización de la OMM apunta en la misma dirección: para el trimestre septiembre-noviembre, estima entre un 70 % y un 80 % de probabilidad de que el Caribe registre temperaturas por encima de lo normal, así como una probabilidad elevada de precipitaciones por debajo de lo normal.

Al mismo tiempo (y este es, desde la perspectiva de la gestión de riesgos, uno de los aspectos más interesantes), El Niño tiende a inhibir la formación de ciclones en el Atlántico debido al aumento de la cizalladura del viento. Esto introduce una paradoja relevante: el escenario climático que puede reducir una amenaza que conocemos y para la que tenemos protocolos y experiencia también puede intensificar otras amenazas menos visibles, pero con efectos igualmente relevantes.

En otras palabras, el escenario más probable para el país no es necesariamente el escenario para el que estamos mejor preparados. Nuestros planes de continuidad, protocolos de emergencia y buena parte de nuestra cultura institucional de riesgo están construidos alrededor del huracán: un evento agudo y visible, con un momento de inicio y otro de cierre, capaz de activar declaratorias, comités, protocolos y coberturas.

La sequía prolongada es, en cambio, otra clase de desafío. Es crónica, silenciosa y difícil de asociar a un único momento de impacto. Sus efectos se acumulan lentamente y pueden comenzar a reflejarse en los costos, los ingresos y los resultados financieros de sectores enteros antes de que alguien la declare una emergencia. No necesariamente genera titulares; puede generar pérdidas, presiones financieras y provisiones.

Nada de esto significa que debamos descuidar la temporada ciclónica. Una sola tormenta, si impacta en el lugar y momento equivocados, puede alterar cualquier expectativa basada en un pronóstico estacional. Significa, más bien, que durante los próximos meses deberíamos dedicar al riesgo hídrico y de temperatura al menos la misma atención analítica que dedicamos al riesgo de viento.

Porque gestionar riesgos no consiste únicamente en prepararnos para aquello que sabemos que puede ocurrir. También implica preguntarnos qué riesgos estamos dejando fuera de nuestra atención precisamente porque se manifiestan de una manera que no estamos acostumbrados a gestionar.

¿Qué significa esto para el sector financiero?

Desde la perspectiva de una entidad financiera, preguntarse “¿qué impacto tendrá El Niño sobre nuestro banco?” probablemente no nos lleve muy lejos. La pregunta útil es otra: ¿a través de qué canales podría El Niño afectar nuestro perfil de riesgo?

A partir de ahí, sí es posible construir escenarios. ¿Qué sectores de nuestra cartera concentran una mayor exposición al déficit hídrico, al calor extremo o a interrupciones logísticas? ¿Qué podría ocurrir con la capacidad de pago de determinados segmentos si aumentan simultáneamente los precios de los alimentos y de la energía? ¿Existen concentraciones de crédito que, sin haberlas identificado explícitamente de esa manera, estén correlacionadas con factores climáticos? ¿Qué proveedores críticos, servicios tecnológicos o infraestructuras de energía y telecomunicaciones podrían verse afectados?

Y hay una pregunta adicional que suele ser determinante: ¿qué ocurriría si varios de estos factores se materializaran al mismo tiempo? Nuestros planes de continuidad, ¿contemplan un escenario en el que múltiples organizaciones, proveedores y servicios críticos resulten afectados simultáneamente? Esa interconexión es precisamente la que puede convertir un evento inicialmente localizado en un problema de alcance sistémico.

Quizás la pregunta de fondo sea esta: ¿estamos gestionando estos riesgos como eventos independientes o estamos comprendiendo las conexiones que pueden hacer que uno desencadene o amplifique a los demás? ¿Riesgo emergente o riesgo sistémico?

Vale la pena detenerse en los términos, porque no son intercambiables.

El Niño no es un riesgo nuevo. Es un fenómeno conocido, recurrente y razonablemente bien modelado. Lo que puede ser emergente es la forma en que sus consecuencias interactúan con nuestro contexto actual: un riesgo conocido adquiere características de riesgo emergente cuando cambia su magnitud, su velocidad, su frecuencia, su grado de interconexión o su capacidad de producir impactos que nuestros modelos tradicionales no fueron diseñados para capturar.

Y se vuelve sistémico no por el fenómeno en sí, sino por la cadena: cuando el evento deja de afectar organizaciones individuales de manera aislada y comienza a afectar simultáneamente a contrapartes, sectores y proveedores que nuestros modelos tratan como independientes. La cadena de transmisión es el riesgo.

De ahí una lección que me parece central: los riesgos emergentes no siempre aparecen de la nada. A veces están frente a nosotros desde hace meses, y lo que falta no es información, sino la capacidad de conectar las señales.

De estar informados a estar preparados

Existe una diferencia importante entre saber y estar listo. Sabemos que El Niño está ocurriendo. Sabemos que se intensificará. Sabemos que sus impactos no serán iguales en todas las regiones, algo que la propia OMM se ocupa de aclarar: la intensidad del episodio no determina por sí sola la severidad de sus consecuencias en un país determinado, que dependen también de la estación del año y de otros condicionantes, como el estado de los océanos Índico y Atlántico.

Pero esa incertidumbre no es una excusa para esperar. Podemos hacer análisis de escenarios y pruebas de estrés con supuestos climáticos explícitos. Podemos identificar sectores, clientes y procesos vulnerables. Podemos revisar concentraciones bajo una lente que hasta ahora no habíamos aplicado. Podemos evaluar proveedores críticos, fortalecer planes de continuidad y establecer indicadores de alerta temprana, que en este caso son inusualmente accesibles: niveles de embalses, acumulados pluviométricos, precios internacionales de alimentos y energía, boletines de INDOMET. Podemos, en definitiva, convertir información climática en información para la toma de decisiones.

Una invitación

Propongo un ejercicio que va más allá de este fenómeno particular. Tomemos un evento climático y sigamos su cadena de impactos hasta el final: qué sectores se afectan, luego qué clientes, después qué procesos, qué proveedores, qué activos, qué indicadores financieros, qué riesgos. Y finalmente, la pregunta que importa: ¿dónde están nuestros puntos de vulnerabilidad y qué podemos hacer antes de que el escenario se materialice?

Para quienes trabajamos en gestión de riesgos, El Niño es mucho más que una advertencia climática. Es una invitación a pensar distinto. Porque gestionar riesgos no consiste únicamente en prepararnos para lo que sabemos que puede ocurrir; consiste también en comprender cómo un evento puede desencadenar otros que, a primera vista, parecían no tener ninguna relación entre sí.

Y quizás esa sea una de las competencias más importantes de nuestra profesión en los próximos años: dejar de mirar los riesgos como puntos aislados en un mapa y comenzar a gestionarlos como redes de interdependencia.

Gabriela Sánchez CastroAutor: Gabriela Sánchez Castro

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Economista

Miembro de la directiva del Club de Gestión de Riesgos de la República Dominicana (CGRRD)

Co-Coordinadora de la Comisión de Continuidad de Negocio y Resiliencia Organizacional del CGRRD

Cuenta con experiencia en gestión de riesgos, gobernanza y resiliencia organizacional, y promueve activamente la integración del enfoque reputacional en los planes de continuidad y crisis.

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