Una autopsia técnica sobre la pérdida de objetividad en la gestión de riesgos.

El marco ESG fue incorporado al sistema financiero internacional como una extensión técnica de la gestión de riesgos materiales de largo plazo, coherente con los principios prudenciales de Basilea y con la agenda de estabilidad financiera posterior a la crisis global de 2008. Su adopción inicial respondió a criterios regulatorios y de gestión de riesgo sistémico, no a motivaciones ideológicas. Sin embargo, entre los años 2019 y 2022, una implementación deficiente, caracterizada por la normativización del riesgo, la pérdida de objetividad técnica y la captura ideológica de ciertos componentes, transformó al ESG en una fuente endógena de riesgo operativo, reputacional, político y macroeconómico. Este artículo reconstruye el proceso histórico y técnico de dicha transformación y extrae aprendizajes generales aplicables a la gestión de riesgo en empresas, fondos y Estados.

I. Contexto histórico, desde la crisis financiera hasta la consolidación prudencial

La crisis financiera global de 2008 expuso una limitación estructural de los modelos dominantes de gestión de riesgo, en particular su incapacidad para capturar riesgos sistémicos, no lineales y de cola, especialmente aquellos que se materializan fuera de horizontes cortos y bajo fuertes interdependencias. La respuesta regulatoria internacional, cristalizada en Basilea III, reforzó de manera explícita el principio de identificación amplia de riesgos materiales, la necesidad de análisis prospectivo mediante pruebas de estrés y la responsabilidad directa del directorio sobre la suficiencia de capital.

En este nuevo marco, el ICAAP se consolidó como el instrumento central de la arquitectura prudencial, obligando a las instituciones a considerar riesgos que, aun siendo difíciles de cuantificar, podían comprometer su solvencia y continuidad operativa. Este cambio abrió una pregunta estructural que marcaría la década siguiente, qué riesgos relevantes estaban quedando fuera del balance y de los modelos tradicionales.

II. De externalidades a riesgos financieros y su cristalización prudencial

Entre los años 2013 y 2015, supervisores, bancos centrales y organismos internacionales comenzaron a reinterpretar ciertas externalidades económicas como potenciales fuentes de riesgo financiero. El razonamiento fue estrictamente técnico. Eventos climáticos extremos podían afectar activos físicos, primas de seguros y cadenas de suministro. Conflictos sociales y laborales podían generar disrupciones operativas y litigios. Fallas de gobernanza corporativa podían amplificar colapsos idiosincráticos con efectos sistémicos.

El criterio habilitante para esta reinterpretación fue la materialidad financiera, en línea con los principios de Basilea. No se trataba de objetivos normativos ni de juicios de valor, sino de una expansión del perímetro de riesgo conforme a marcos prudenciales existentes.

Este desplazamiento conceptual se consolidó en septiembre de 2015, cuando el entonces gobernador del Banco de Inglaterra, Mark Carney, pronunció su discurso “Breaking the Tragedy of the Horizon” en Lloyd’s of London. En dicha intervención, Carney formuló un argumento de naturaleza prudencial. Los riesgos climáticos existen fuera del horizonte típico de inversión y de modelación financiera, por lo que están estructuralmente subvalorados por los mercados. Cuando se materialicen, lo harán de forma abrupta, no lineal y potencialmente sistémica.

Para facilitar su incorporación al marco financiero, introdujo una taxonomía de riesgo físico, riesgo de transición y riesgo de responsabilidad legal, replicando la lógica tradicional de riesgo financiero. Este encuadre legitimó la incorporación del riesgo climático por parte de reguladores, aseguradoras, bancos y gestores de activos, marcando el momento en que el ESG comienza a configurarse como herramienta técnica de gestión de riesgo.

III. Del disclosure prudencial a la adopción sistémica y la normativización del riesgo

Tras el año 2015, el énfasis regulatorio se desplazó hacia la divulgación de exposición a riesgo como principal mecanismo de transmisión. Aquello que no se divulga no puede supervisarse y lo que no se supervisa no puede capitalizarse. En consecuencia, los riesgos climáticos, sociales y de gobernanza comenzaron a integrarse progresivamente en procesos ICAAP, ejercicios de pruebas de estrés y evaluaciones de gobernanza y control interno.

Hasta este punto, el ESG operó conforme a su diseño original, como un insumo técnico para la gestión prudencial del riesgo y no como un objetivo normativo.

Los grandes gestores de activos adoptaron el ESG inicialmente como una herramienta de mitigación de riesgos materiales de largo plazo, coherente con su escala, su horizonte de inversión y su exposición a riesgos no diversificables. Para fondos de gran tamaño, la desinversión no era un mecanismo eficaz de gestión de riesgo, dado que su dimensión los obligaba a permanecer invertidos en amplios segmentos del mercado. En ese contexto, el ESG se convirtió en un marco estandarizado para identificar vulnerabilidades estructurales y ejercer influencia a través de gobernanza, divulgación y votación en juntas.

Este enfoque técnico generó progresivamente un mecanismo de retroalimentación. A medida que los grandes fondos comenzaron a exigir divulgación ESG y a condicionar decisiones de asignación de capital y voto a métricas específicas, las empresas respondieron adaptando sus estrategias no solo para mitigar riesgos objetivos, sino para alinearse normativamente con los criterios percibidos como favorables para acceder al capital. De esta forma, el ESG dejó de operar únicamente como herramienta interna de gestión de riesgo y comenzó a funcionar como filtro de legitimidad financiera.

Entre los años 2019 y 2021, este desplazamiento se hizo más evidente en el componente social del ESG. Lo que originalmente había sido concebido como riesgo laboral, legal y operativo comenzó a transformarse en un mecanismo de alineación cultural y señalización pública. Ciertas corrientes ideológicas interpretaron el ESG como una oportunidad de avance normativo sin proceso legislativo, utilizando presión reputacional, activismo interno y expectativas implícitas de cumplimiento. Desde el punto de vista técnico, esto introdujo una falla crítica. El riesgo dejó de ser exógeno y se volvió autoinducido, de modo que la acción corporativa comenzó a generar el riesgo que pretendía mitigar.

IV. El caso europeo, energía y normativización del riesgo de transición

Europa adoptó una estrategia climática particularmente agresiva entre los años 2018 y 2021, con hitos como el European Green Deal de 2019, los compromisos de neutralidad de carbono hacia mediados de siglo adoptados políticamente a partir de 2019 y formalizados normativamente en los años siguientes, y la acelerada desinversión en energía nuclear y fósil. Estas decisiones fueron canalizadas a través del marco ESG, que pasó de identificar riesgos climáticos a prescribir trayectorias de transición, influyendo directamente en la asignación de capital público y privado.

El problema técnico central no fue el objetivo climático, sino la falta de una evaluación rigurosa de las vulnerabilidades que debían corregirse para que la transición redujera y no aumentara el riesgo sistémico. El cierre acelerado de generación nuclear y fósil se produjo sin haber resuelto previamente las limitaciones estructurales de las renovables, como la intermitencia, el almacenamiento, la necesidad de respaldo y las restricciones de red. Al penalizar fuentes de generación firmes sin haber asegurado sustitutos equivalentes en estabilidad y escala, el sistema energético quedó expuesto a nuevas formas de fragilidad.

Desde una perspectiva prudencial, el riesgo de transición fue tratado como un vector unidireccional. La reducción de emisiones disminuía ciertos riesgos de largo plazo, pero el desmantelamiento prematuro de capacidad firme aumentaba la exposición a shocks de precios, eventos climáticos adversos y tensiones geopolíticas. El marco ESG no incorporó de forma explícita estas vulnerabilidades ni exigió planes creíbles de mitigación antes de inducir la retirada de activos críticos.

Entre 2021 y 2022, esta mala calibración se hizo evidente. El precio del gas natural en Europa se multiplicó varias veces respecto a promedios históricos, los costos de electricidad industrial alcanzaron niveles incompatibles con la competitividad manufacturera y la inflación energética se volvió estructural. En este contexto, el componente ambiental del ESG dejó de operar como mitigante y comenzó a amplificar el riesgo macroeconómico.

V. Evidencia corporativa y efecto financiero observable

Los efectos de la mala utilización del marco ESG se observaron con mayor claridad en empresas con alta exposición al consumidor y elevada sensibilidad reputacional. Para evaluar correctamente estos casos, es necesario introducir una precisión técnica fundamental. Uno de los errores estructurales en la implementación del ESG fue haberlo tratado como un solo paquete homogéneo, como si sus componentes fueran inseparables y respondieran a una misma lógica de riesgo, cuando en realidad está compuesto por tres dimensiones con naturalezas, horizontes temporales y grados de cuantificabilidad distintos.

El componente de gobernanza es el más antiguo y cuantificable y presenta la relación más directa con la preservación de valor financiero. Históricamente, los mayores colapsos corporativos han sido fallas de gobernanza, fraude, controles internos deficientes o incentivos mal alineados. En este sentido, la gobernanza actúa como mecanismo de reducción de eventos de cola. Casos como Wirecard muestran que los filtros de gobernanza funcionaron como sistemas de alerta temprana cuando el análisis financiero tradicional no lo hizo.

También existen escenarios en los que el componente ambiental protegió capital cuando fue utilizado como proxy de riesgo regulatorio y tecnológico, como ocurrió con la anticipación de activos varados en el sector del carbón a comienzos de la década de 2010. De forma similar, el componente social ha demostrado valor como métrica de riesgo operativo en sectores industriales intensivos en capital y seguridad física, donde refleja cultura de seguridad y disciplina operativa.

El problema emerge cuando estas tres dimensiones son agregadas y comunicadas como un bloque normativo. En ese proceso, la gobernanza mantiene su anclaje técnico, pero los componentes ambiental y social comienzan a operar como criterios prescriptivos.

Es en este punto donde se explican los casos corporativos recientes. Cuando el marco ESG comenzó a utilizarse como criterio prescriptivo y no como herramienta de evaluación de riesgo, muchas empresas de consumo masivo incorporaron los componentes ambiental y social como señales normativas, asumiendo implícitamente que esa alineación reduciría su riesgo reputacional y político. En la práctica, ocurrió lo contrario.

En compañías como Disney, Target y Anheuser-Busch, la adopción de decisiones asociadas a agendas ambientales y sociales dejó de responder a un análisis de sensibilidad de clientes, audiencias y entorno político, y pasó a operar como una extensión de su posicionamiento institucional. Esa pérdida de neutralidad técnica convirtió al propio marco ESG en una fuente endógena de riesgo comercial.

En Disney, entre 2022 y 2023, esta mala calibración se reflejó en una caída bursátil superior al 40 por ciento, deterioro operativo y la apertura de conflictos regulatorios directos. En Target, durante el segundo trimestre de 2023, la reacción adversa del consumidor derivó en una caída de ventas comparables cercana al 5 por ciento y una pérdida de capitalización bursátil superior a 10 mil millones de dólares en pocas semanas. En el caso de Bud Light, entre abril y junio de 2023, las ventas cayeron más de 20 por ciento interanual y la pérdida de valor bursátil se mantuvo de forma persistente.

Casos como Disney y Target ilustran una inversión técnica del riesgo de responsabilidad legal anticipado por Carney. Ambas empresas enfrentaron conflictos regulatorios, litigios potenciales y presión de accionistas no por ignorar el riesgo climático, sino por decisiones sociales y culturales adoptadas sin una adecuada evaluación de materialidad financiera y riesgo político. El riesgo de responsabilidad legal no fue eliminado, fue desplazado y amplificado por una mala aplicación del marco.

En todos estos casos, el error no fue ideológico sino metodológico. El riesgo social fue tratado como escudo reputacional cuando operaba como detonante de riesgo comercial y político.

VI. Aprendizajes técnicos, cuando la gestión de riesgo pierde neutralidad y se convierte en riesgo

El recorrido histórico del ESG permite extraer lecciones técnicas generales aplicables a cualquier sistema de gestión de riesgo. Un principio básico de la teoría del riesgo es que el factor de riesgo debe permanecer exógeno al modelo y al decisor. Cuando una política diseñada para mitigar riesgo genera el riesgo que pretende evitar, el sistema entra en una dinámica imposible de calibrar.

Desde la perspectiva de Basilea, este tipo de falla encaja en la definición de riesgo de modelo, entendido como la pérdida potencial derivada de decisiones basadas en modelos mal utilizados, mal interpretados o empleados fuera de su propósito original. En ese sentido, el ESG ideologizado no solo dejó de mitigar riesgo, sino que comenzó a operar como un modelo de riesgo defectuoso, introduciendo sesgos sistemáticos en la toma de decisiones.

La pérdida de objetividad destruye la función misma del riesgo. La gestión de riesgo es, por definición, una función técnica y conservadora, cuyo valor reside en la independencia de criterio, la resistencia a presiones externas y la primacía del juicio experto sobre la narrativa. Cuando una herramienta de riesgo se convierte en vehículo de objetivos normativos, deja de advertir y comienza a justificar decisiones.

Otro error técnico recurrente consistió en confundir probabilidad con deseabilidad. El riesgo no evalúa fines, evalúa distribuciones de pérdida. Cuando la deseabilidad sustituye a la probabilidad, el modelo deja de proteger.

Finalmente, el riesgo politizado escala mal. Mientras un riesgo técnico mal gestionado genera pérdidas acotadas, un riesgo politizado escala de forma sistémica. Desde la óptica de Basilea, el directorio debe preservar la neutralidad técnica de la función de riesgo y asegurar su trazabilidad con capital y solvencia. Cuando renuncia a ese rol, la función de riesgo deja de proteger y comienza a exponer.

VII. Aprendizaje transversal, el paralelismo con otros modelos de gestión de riesgo

El fenómeno observado con el ESG no es excepcional ni exclusivo del ámbito climático o social. Existe un paralelismo directo con situaciones ampliamente conocidas en la gestión de otros riesgos, particularmente cuando un gestor convierte un modelo o una implementación de gestión en su bandera ganadora y pierde capacidad de autocrítica. En su concepción correcta, un modelo de riesgo es siempre una representación incompleta de la realidad, una herramienta probabilística y un insumo para la toma de decisiones, nunca una decisión en sí misma.

El problema emerge cuando el gestor asocia su reputación personal al modelo, lo presenta como ventaja competitiva incuestionable e interpreta la crítica como una amenaza y no como un mecanismo de control. En ese punto, el modelo deja de ser un instrumento técnico y se transforma en una extensión de la identidad profesional del decisor.

Desde una perspectiva prudencial, este patrón también puede leerse como un problema de riesgo de modelo. Cuando un modelo deja de ser tratado como una representación imperfecta de la realidad y pasa a operar como verdad normativa, el riesgo no proviene solo de la realidad externa, sino del propio proceso de decisión. El modelo deja de ser un filtro y se convierte en generador de riesgo. En términos de Basilea, la pérdida potencial ya no se origina en el entorno económico o en el comportamiento del portafolio, sino en decisiones tomadas sobre la base de un modelo mal utilizado, protegido de la crítica y desconectado de validaciones independientes.

Este tipo de riesgo de modelo es especialmente peligroso porque no se manifiesta de forma inmediata. Se acumula silenciosamente, reforzado por métricas que el propio sistema produce, hasta que un shock externo o un cambio de régimen expone de manera abrupta la fragilidad subyacente. Cuando esto ocurre, el deterioro no es gradual, sino discontinuo, y suele sorprender incluso a organizaciones que se percibían a sí mismas como altamente sofisticadas en gestión de riesgo.

Cuando este desplazamiento ocurre, la gobernanza se deteriora de manera predecible. Se desestiman observaciones del negocio, se rechazan validaciones independientes, se minimizan señales tempranas de deterioro y se utilizan métricas selectivas que confirman el modelo. Los comités de riesgo dejan de cuestionar supuestos y se limitan a validar resultados, convirtiendo la gobernanza en un ejercicio ornamental.

La consecuencia técnica es un ciclo de retroalimentación negativo. El modelo define la política, la política determina qué datos se generan, esos datos confirman los supuestos del modelo y esa confirmación refuerza la confianza en el propio marco. El proceso crea una ilusión de control, mientras el riesgo real se desplaza fuera del perímetro observado y los eventos de cola se acumulan silenciosamente.

El paralelismo con el ESG es estructuralmente idéntico. El marco se convierte en narrativa dominante, la crítica se interpreta como falta de compromiso, la gobernanza pierde capacidad de freno y las decisiones comienzan a generar el riesgo que dicen mitigar. En ambos casos, el error no es técnico en su origen, sino institucional y humano.

El caso del ESG demuestra que la sofisticación técnica no inmuniza contra la pérdida de objetividad. Cuando la gestión de riesgo deja de ser un ejercicio técnico y se convierte en herramienta normativa, política o identitaria, se transforma en el riesgo que pretendía mitigar. La lección es transversal y permanente. El riesgo existe para advertir, no para imponer. Cuando prescribe, deja de proteger.

Referencias

Basel Committee on Banking Supervision. Principles for the management of model risk. Bank for International Settlements, 2011.

Basel Committee on Banking Supervision. Principles for financial institutions’ stress testing. Bank for International Settlements, 2018.

Basel Committee on Banking Supervision. Basel III A global regulatory framework for more resilient banks and banking systems. Bank for International Settlements, 2010–2011.

Carney, Mark. Breaking the Tragedy of the Horizon Climate Change and Financial Stability. Discurso en Lloyd’s of London, septiembre 2015.

BlackRock Investment Institute. Sustainability The Future of Investing. 2019.

Financial Times. Wirecard The scandal that blindsided investors. 2020.

OECD. Corporate Governance and the Financial Crisis. 2010.

McKinsey & Company. Why governance matters. 2018.

Nota metodológica: Este análisis ha sido desarrollado mediante un proceso de co-creación entre el autor y herramientas de inteligencia avanzada. La tesis estructural, los datos financieros y la supervisión técnica son autoría exclusiva del profesional firmante, utilizando tecnología de apoyo para la optimización y el refinamiento del marco lógico.

Autor: Eliel Jiménez

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Fundador y CEO de Novaluxe

Estratega y ejecutivo con más de 22 años de experiencia liderando organizaciones en la intersección de las finanzas, el riesgo y la tecnología. Con una sólida formación en matemáticas puras y economía financiera, complementada con programas de alta dirección en Harvard, Chicago Booth e IESE, su enfoque se especializa en descomponer problemas sistémicos complejos para transformarlos en decisiones de ejecución precisa.

A lo largo de su carrera, ha desempeñado roles de Consultor, Director de Riesgo, CFO, CEO y miembro de juntas directivas, trayectoria que le permite articular el rigor analítico con la viabilidad operativa y la rentabilidad en entornos de alta incertidumbre. En la actualidad, como empresario y consultor, su objetivo es ayudar a las organizaciones a “pensar para actuar con mayor claridad”, eliminando lo accesorio para transformar la visión estratégica en resultados sostenibles y resilientes.

Más información en: elieldjimenez.com

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